Es frecuente que a la consulta lleguen personas aquejadas de sufrir una «crisis existencial» sintiendo que sus vidas carecen de sentido, experimentando un sentimiento amargo de vacío interior. Todo ello viene acompañado de un gran sufrimiento que la persona quiere aliviar de una forma rápida y efectiva.

Primero, querríamos hacer una distinción entre  lo que se considera un conflicto normal y a lo que nos referimos cuando hablamos de conflictos neuróticos.

El primero de ellos, se refiere a toda situación en la que se requiere por parte de un individuo que tome una decisión sopesando los pros y los contras de cada una de las alternativas que se le presentan. Para que se resuelva de manera satisfactoria,  la persona debe conocer cuales son sus sentimientos, poseer una escala de creencias y/o valores a los que aferrarse y que le ayudan a organizar la realidad y, así mismo, debe tener la capacidad para asumir la responsabilidad de sus propias decisiones, entendiendo que en todo proceso de elección se pueden quedar excluidas una o varias de las alternativas posibles.

Por otro lado se encontraría  lo que entendemos como conflicto neurótico, éste tiene lugar cuando las tendencias inconscientes internas de las personas chocan al ser contradictorias entre sí, y la persona puede sentir que no tiene vía de acción frente a esas fuerzas internas que lo manipulan sin que ella así lo desee. Está relacionado con las formas que el individuo tiene para enfrentarse a las demandas de su medio, y se origina en la infancia  como respuesta ante la ansiedad básica. El conflicto puede ser manifiesto (por ejemplo, que se desee una cosa y a la vez tengamos un principio moral que se oponga a su satisfacción) o latente, pudiéndose expresarse a través de la formación de síntomas (trastornos de la conducta, perturbaciones del carácter…) Se caracterizan por ser inconscientes y compulsivos (con tendencia a la repetición) . En 1959 Karen Horney  escribió:

«… el origen del conflicto gira en torno a la incapacidad de desear algo cordialmente, propio del neurótico, ya que sus deseos están divididos y van en direcciones opuestas«.

Por tanto, no todos los conflictos son neuróticos, y a veces son totalmente normales, incluso  se podría decir que sería saludable cierta dosis de conflictividad en la vida de una persona. También, entendemos que el sufrimiento no es un fenómeno únicamente patológico, sino que puede ser un sentimiento concordante con las experiencias que está viviendo una persona. Viktor Frankl negó de forma contundente que la búsqueda de un sentido, o la duda de si existe ese sentido o no, preceda o sea el resultado de una enfermedad. Y consideraba que la frustración existencial en sí misma no eran algo que debiera considerarse como patológico.

La preocupación, o la desesperación, por encontrarle a la vida un sentido valioso revela una angustia espiritual, pero en modo alguno supone una enfermedad. Puede suceder que, si se interpreta la presencia de angustia como signo de una enfermedad, el terapeuta se vea inclinado a ocultar la frustración existencial del paciente con la administración de algunos fármacos. Sin embargo, nosotros consideramos que, en estos casos, la función del psicoterapeuta debería consistir en guiar al paciente a través de su crisis existencial, una crisis que al enfrentarla, puede contribuir a provocar un crecimiento interior de la persona.

Afirmamos que la salud psíquica necesita cierto grado de tensión interior, y que ésta puede derivarse de la distancia existente entre lo que se ha logrado y lo que se quiere conseguir, o bien ser el producto de la diferencia entre lo que uno es y lo que uno querría llegar a ser. Esta tensión es inherente al ser humano e indispensable para un buen funcionamiento psíquico y desarrollo personal.

Es importante comprender que las personas no necesitan para su estabilidad psíquica, ante todo, equilibrio interior o, como se denomina en biología, “homeostasis”: un estado sin tensiones, en equilibrio biológico interno. Lo que el ser humano necesita no es vivir sin tensión, sino esforzarse y luchar por una meta que merezca la pena.

Viktor Frankl, a quién nos hemos referido anteriormente, fue un neurólogo y psiquiatra austriaco que sobrevivió tras ser prisionero en los campos de concentración nazis. En su libro El hombre en busca de sentido, lectura que recomendamos encarecidamente, concluye que:

El hombre no debería interrogarse por el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien la vida interroga. La vida cuestiona al hombre y este solo puede contestar: respondiendo de su propia vida y con su propia vida”.

Carola Higueras