Hay quienes consideran que nos encontramos en “la era del cerebro”. El estudio de éste órgano y su entendimiento se presenta como el gran reto del siglo XXI. De ahí que las neurociencias ocupen un lugar destacado hoy en día. Su objeto de estudio es el sistema nervioso (estructura, función, desarrollo, bioquímica, etc.) y como interactúan sus diferentes elementos (neuronas, neurotransmisores, circuitos neuronales, estructuras cerebrales) entre sí, dando lugar a la cognición y la conducta.

El gran avance de las neurociencias es el resultado de las múltiples aportaciones realizadas desde distintas disciplinas científicas como la psicología, medicina o la biología, entre otras; así como el desarrollo de la tecnología de imagen cerebral, que ha hecho posible observar de forma no invasiva el funcionamiento de este órgano mientras tienen lugar las distintas tareas cognitivas.

Pero el cerebro a lo largo de la historia de las civilizaciones no siempre ha gozado de esta posición privilegiada. Para los antiguos egipcios (2.500 a.C.) era considerado una víscera de segunda categoría. Estos tenían la creencia de que la vida continuaba tras la muerte, y consideraban de vital importancia la conservación intacta del cuerpo del difunto para que éste pudiera disfrutar de la vida eterna en el Más Allá.

Este era un privilegio solo reservado al Faraón y a un grupo reducido de personas. A través de un laborioso y costoso ritual de momificación se interrumpía la descomposición del cuerpo humano, y de esta manera se podía alcanzar la inmortalidad.

Durante este proceso se extraían los órganos, y una vez lavados y embalsamados, se guardaban en los vasos canopos. Éstos eran protegidos por los llamados Hijos de Horus, de esta manera: Amset, vasija con tapa en forma de cabeza humana, guardaba el hígado; Hapy, vasija con tapa en forma de cabeza de papión (babuino), contenía los pulmones; Qebsenuf, vasija con tapa en forma de cabeza de halcón, albergaba los intestinos; y Duamutef, vasija con tapa en forma de chacal, conservaba el estómago.

Se extraían todos los órganos a excepción del corazón que se dejaba en el interior del cuerpo, ya que se tenía la creencia de que en él se encontraba la mente y era la sede del alma, siendo responsable de la individualidad de cada persona. Sin embargo el cerebro era considerado una masa gris carente de valor alguno, y se desechaba ya que se consideraba que no se lo necesitaría en la siguiente vida.

Paradójicamente, la cultura egipcia proporciona uno de los tratados médicos más antiguos Papiro Edwin Smith (2.500 a.C) donde se describe con detalle casos de lesiones cerebrales, sus tratamientos y evolución.

En la actualidad, se tiene un mayor conocimiento del funcionamiento cerebral. Se sabe que es un órgano complejo responsable de múltiple funciones, como son: control de funciones vitales (regulación de temperatura, la respiración, la presión sanguínea, el dormir…); procesa, integra e interpreta la información que recibe de los sentidos; dirige los movimientos; es responsable de nuestras emociones y conductas; y controla las funciones cognitivas superiores (memoria, aprendizaje, percepción, etc.)

Entendemos que los hallazgos recientes de las neurociencias respaldan muchas de las principales tesis psicoanalíticas. Como por ejemplo, que el procesamiento cognitivo y emocional tiene lugar en dos niveles: a través de los sistemas subcorticales (amígdala y sistema límbico) tiene lugar el procesamiento inconsciente, de respuesta automática; mientras que el procesamiento consciente, involucra a la corteza cerebral. O la importancia de ciertas hormonas (oxitocina y vasopresina) en la fijación del vínculo hacia la figura de apego.

Aún queda mucho por descubrir y comprender, y será necesario que todas las disciplinas trabajen de manera conjunta para entender la complejidad del funcionamiento mental, entendiendo que unas disciplinas no son más importantes que otras. Siendo necesarios todos los aportes a la hora de poder conseguir una compresión que abarque, tanto el nivel simbólico de la mente humana (lenguaje, identificaciones, vínculos…) como el nivel del procesamiento cognitivo y emocional donde están involucrados las distintas estructuras cerebrales, hormonas y neurotransmisores.

No obstante, cabe llamar la atención al lector de que nos encontramos con una proliferación abusiva de conceptos al que se le añaden el prefijo “neuro” con la finalidad de darle un carácter de dudosa entidad científica, o se utiliza para dar cierta relevancia al área en concreto, lo que algunos autores no han dudado de catalogar como “neurotonterías”.