¡El fin del mundo ha llegado y yo con estas pintas! Cuántas veces habrá irrumpido esta frase en mi cabeza anunciando el fin de una etapa, así, sin previo aviso.

Ciertamente la vida no es un camino en línea recta, ni un río que fluye o una escalera que asciende, ni tantas otras metáforas. Aunque sí me gustó una que leí en algún momento, que decía que la vida era ese ruido que sucede entre dos grandes silencios. No recuerdo ahora quien lo escribió.

No obstante, hay momentos en los que sentimos que la vida transcurre por ese “no-camino”, donde a veces paseamos recreándonos en el paisaje; otras, sin embargo, vamos saltando obstáculos y sobresaltándonos tras alguna curva cerrada que nos presenta una escena inesperada. Avanzando decidiendo tomar tal o cual salida… sabiendo que la vida es maravillosa, pero también que no siempre será fácil. Aunque de alguna manera, tenemos siempre cierta ilusión de que hay algún orden, que los acontecimientos siguen unos tempos y una secuencia que nos permiten tener cierta perspectiva para saber, si se va o no, en la buena dirección.

Puede suceder que en el devenir de la vida sobrevenga un cataclismo que arrase con todo y ¡Boom! Presagiamos el fin del mundo. Nos coge por sorpresa, sin tiempo para reaccionar, o al menos, así lo experimentamos. Toda nuestra realidad tal y como la conocíamos desaparece, nada parece tener sentido, nuestros proyectos y planes de futuro han saltado por los aires.

De repente, no se ve el camino y uno se enfrenta a un abismo, sin un suelo firme donde poder pisar, sin saber si se está boca arriba o boca abajo, desorientado en el espacio y rodeado de caos. Cuando nos recomponemos y, aún aturdidos por el impacto, observamos que: no es sólo que el camino haya desaparecido, sino que tenemos de que reconstruir todo el universo, ¡Nuestro universo! Seguramente para los que nos rodean el mundo siga intacto, lo que hace todavía más desconcertante esta vivencia. Nadie parece notar la diferencia, pero hemos perdido las referencias y la vida ya no es la misma que era ayer.

Y es así como la persona se enfrenta a esa ardua tarea de volver a crear el mundo, su mundo. Ese en el que le merezca la pena seguir viviendo. Primero, se empieza buscando si hay algo que haya sobrevivido a ese acontecimiento fatal. Con asombro se comprueba que algunas cosas de valor para uno siguen en pie pese al desastre; Otras en cambio, no han sobrevivido y hay que apañárselas para continuar sin ellas.

También es tiempo para hacer ciertos replanteamientos y deshacerse de viejas ideas acerca de cómo son y cómo funcionan las cosas, ya que de ser cierto lo que pensábamos, no nos habría pillado por sorpresa y no nos hubiese pasado lo que ha terminado pasando. Y es así, como zombis, vivos y muertos al mismo tiempo, que vamos enfrentando y elaborando los sentimientos dolorosos de pérdida y aquellos que intentan dar sentido y recuperar la coherencia de nuestras vidas. Recobramos la dirección en nuestro caminar y volvemos a poder experimentar cierta ilusión, dejando atrás lo sucedido y encarando lo que está por venir. Trabajo del duelo, lo llaman algunos en psicología.

Repuestos de lo sucedido, finalmente vamos sintiendo que caminamos de nuevo, el viaje continúa tras la pausa necesaria. Y al recorrer cierta distancia, tomando perspectiva del momento de ruptura, con ayuda del paso del tiempo, quizás se caiga en la cuenta de que igual si que puede que hubiera alguna señal o indicio que pudiera presagiar el terrible desenlace. Pudiendo llegar a la conclusión de: Bueno, estaré más atento para la próxima vez.

En ocasiones, cuando se vuelve la vista atrás y se fantasea con cómo habría sido nuestra vida si ese amor hubiese perdurado, si no nos hubieran despedido, si hubiésemos podido quedarnos en aquel país, si aquello tan terrible nunca hubiera ocurrido… Uno se da cuenta de que lo más probable es que su vida ahora fuera muy diferente, quizás mejor, o puede que a la larga, hubiese sido peor. Quién sabe.

Son muchas las posibles vidas que nos podrían haber tocado vivir. Pero lo cierto es que a cada uno existimos en un momento determinado, en un lugar concreto, con más o menos margen de acción en nuestros movimientos. Y es dentro de ese rango de acción que cada uno tenemos en el que son infinitos los mundos que se presentan, algunos compatibles entre sí, otros tienen que llegar a su fin afortunada o desafortunadamente,  dando la posibilidad de construir otros nuevos.

Podemos llegar a experimentar varias experiencias de “fin del mundo” a lo largo de una vida. Claro, que tras la recuperación siempre comprobamos que ese no era el verdadero final; solo una pausa en la que aprendemos a relativizar y recordamos esa experiencia con menos potencia emocional.

Como ya dijo el poeta… caminante no hay camino, se hace camino al andar, así que poco a poco, casi sin saber cómo, ni cuándo, conseguimos volver a vislumbrar esa “senda”, donde nos volvemos a recrear con el paisaje y disfrutamos del viaje. Pero, cuidado, tras esa curva que nos impide ver lo que hay detrás, igual se esconde un cartel que reza: Bienvenido al fin del mundo.