No puedo mirar a los ojos de este muro que me arrastra hacia las sombras, que me habla de cosas mudas y que sustrae de la nada nombre y figuras. Sus ladrillos son fantasmas del pasado, alegorías de recuerdos, pequeñas tumbas de imágenes casi olvidadas, asesinadas a sangre fría por la palabra. Pero no hablemos de los huesos, ni de las cenizas, ni de la muerte, cuando hay tanta respiración en el vértigo del silencio, cuando la palabra duerme arropándose de memorias, cuando la luz de noche ensangrentada refleja en el muro de los siglos de infancias por todos revividas. No puedo retirar mis ojos de vuestras caras apagadas y vuestros rictus petrificados porque en lo invisible del muro os presiento y reconozco. Y en las hora abandonada escucho vuestro  silencio perfecto entre las suaves grietas marcadas por el terror del vacío inmenso.

El muro no existe como lugar, es tan sólo la línea limeque separa el afuera es del adentro in, el espíritu de la materia, lo real de lo imaginario. Es el límite invisible que demarca el lugar de la nostalgia donde habita la memoria, donde las cosas son y no son, donde todo se sucede lentamente esperando el momento último de permanencia, donde finalmente se ve por primera vez. El muro nos acoge como limbo cazador de sueños ancestrales, de metáforas mutiladas, de deseos embriagados de antigüedad. El muro en su agonía nos habla más allá del pasado. Nos contempla en el presente y nos espera con la inocencia virginal de lo eterno.

(Marga Clark, Roma, 1994)