La controversia que gira en torno al “piropo callejero”, es un tema de actualidad que genera posiciones enfrentadas. Hay quienes lo defienden como parte integrante de nuestra cultura, alegando que tanto piropeador como piropeado se satisfacen mutuamente en este acto, que forma parte del derecho fundamental de la “libre expresión» y defienden permitir cierta espontaneidad en nuestros actos que permita dar rienda suelta a algunos de nuestros impulsos más primarios. Así mismo, también existen los partidarios de que la cultura del piropo debe ser abolida debido a su progresiva degeneración, entendiendo que los piropos pueden resultar ofensivos, materializar la dominación simbólica masculina y ser considerados como una variante de acoso sexual.

Origen y evolución

La palabra piropo emana de la griega “piropos”, que puede traducirse como “fuego en la cara” ya que es la suma de “pyros” fuego y “ops” cara. También los griegos usaron este término para denominar un conjunto de minerales que presentan una tonalidad rojiza, entre los que se encontraría el rubí. Esta piedra preciosa simbolizaba el corazón, y era la que regalaban en la antigüedad los galanes a la mujeres que querían conquistar. Como no todos se podían permitir semejante gesto, los suplían simbólicamente “lanzando” palabras hermosas.

Encontramos que el piropo, surgió como medio para vehiculizar las pasiones de los miembros de las cortes reales europeas, ya que cortejar de manera directa a una dama se consideraba una conducta más propia del vulgo. Los cortesanos de los siglos XII y XIII se convirtieron en expertos en “hacer la corte” dentro de las restricciones de su clase, con la finalidad de  seducir a sus amadas.

El piropo en su origen cumplía una función positiva. A través de expresiones bonitas, creativas y artísticas se expresaba el sentimiento que producía la belleza de alguien. No obstante, en nuestro recorrido sobre el estudio de esta conducta, se encuentra alguna evidencia de que no siempre eran deseados y  podían resultar molestos. Encontramos un ejemplo, en La Comedia de Sepúlveda, en una frase enunciada por el personaje femenino Violante, donde se lamentaba de no poder salir a la calle sin escuchar “pesadas liviandades” y “palabras torpes y señas deshonestas”.

El piropo a parte de ser una conducta oral, también podía venir acompañada de un gesto. Podía suceder que un hombre se tapara los ojos al pasar una mujer hermosa, indicando que podían ser deslumbrados por tanta belleza. También existía la costumbre de enviar un beso al aire, orientando su dirección con la palma de la mano, como forma de asegurarse de que llegara a la dama elegida.

Perspectiva psicológica

En palabras de Jacques-Alain Miller: “los piropos, son creaciones poéticas espontáneas. No retrocedamos ante el calificativo de poesía para esta actividad humilde y cotidiana, ya que la poesía no es más que una determinada operación de modificación del código cotidiano “(1990)

El halago puede ser bien recibido por la mujer, sobre todo si proviene de alguien que le interesa. Pero queremos resaltar que actualmente se ha producido una transformación hacia convertirse, en la mayoría de las ocasiones, en simples frases vulgares que rayan la agresión. Las características poéticas y pintorescas, que en un principio tenían este tipo de expresiones, se han ido perdiendo, presentándose cada vez más, en forma de agravio o grosería. Además, con frecuencia va acompañado de miradas insistentes, silbidos, susurros al oído y gruñidos que se entrometen en la vida de las transeúntes e irrumpen  en su bienestar y tranquilidad.

Surge la pregunta ¿qué esperan los hombres al lanzar esos furtivos mensajes de amor/agresividades transitorias/ ráfagas eróticas que declaran emociones, sensaciones y deseos a una mujer desconocida?. Volvemos a recurrir a Jacques-Alain Miller quien refiere que “el piropeador no aspira a retener a esa mujer y, si hay allí un mensaje erótico, hay al mismo tiempo, un desinterés profundo, que hace del piropo, cuando alcanza su forma excelente, una actividad estética”. Resaltamos la puntualización de que no aspira a retener a esa mujer, porque ya sabemos que para conseguirlo, serían necesarios otros caminos. Y continúa “En el fondo, el piropo nos marca el corte entre el decir y el hacer” algo que consideramos de especial importancia, ya que es muy difusa esta línea fronteriza.

El hecho de que en el presente, en este tipo de mensajes, sea común que se haga una referencia directa a lo sexual, utilizando frases malsonantes y sin tener en cuenta el cómo es percibido por quien lo escucha, conlleva a que la mujer pueda experimentar que realmente se está cerca de pasar al acto, y experimente miedo  real a ser atacada.

Para poder explicar lo que acontece en la situación del “piropo callejero” nos ha resultado esclarecedor lo que Freud expuso  en “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905). Para este autor, «el chiste hace posible la satisfacción de un instinto (instinto libidinoso y hostil) en contra de un obstáculo que se le opone, y extrae de esta forma, placer de una fuente a la que este obstáculo impide el acceso«.  Así mismo, explica que «el poder que dificulta a la mujer, y en menor grado  al hombre, el goce de la obscenidad no encubierta, es aquel que se denomina represión«. La cultura y la educación en la que estamos inmersos, influyen sobre el desarrollo de la represión transformando y legitimando qué sensaciones han de percibirse con agrado, y cuales resultan inaceptables y deben ser rechazadas.

Parafraseando lo que dijo Freud sobre el chiste, obtendríamos que cuando respondemos de forma favorable a un piropo ingenioso, respondemos ante lo mismo que se pone en juego ante una grosera procacidad o atrevimiento; en ambos casos el placer procedería de la misma fuente; pero una persona educada no responderá con agrado a un comentario obsceno y rudo, sino que se avergonzará y lo encontrará repugnante. Sólo se podrá admitir cuando el «piropo» le preste su auxilio.

Muchas mujeres se sienten agredidas cuando reciben un «piropo» por parte de un desconocido acerca de su físico, o haciendo referencia al deseo de realizar alguna practica sexual con ella, sobretodo cuando se utilizan palabras groseras e irrespetuosas, lo que no será interpretado como algo agradable. El daño que produce una agresión, con palabras o gestos simbólicos, se produce en el plano subjetivo y está sujeto a la interpretación de cada uno.

Opinamos que, un piropo será considerado como tal,  cuando la reacción de la persona a la que va dirigida así lo designe. Esto es, respondiendo a él favorablemente con una sonrisa o mirada de complicidad; o bien podría quedarse en una mera grosería, si por respuesta se obtiene una mueca de fastidio, tensión o incomodidad.

Llamamos la atención, en el caso en el que se quiera incurrir en esta antigua práctica que es el piropear, que no es lo mismo conseguir enrojecer la cara del piropeado que conseguir que palidezca.