En el difícil equilibrio de sus pulsiones más instintivas y en el control ejercitado sobre ellas; así como en el grado de acatamiento o transgresión de esos límites externos que el ser humano se ha ido imponiendo, nos diferenciamos los diferentes individuos. En la base de esas capacidades de adaptación se encuentran el difuso concepto de la Salud Mental.

Desde un nivel más elaborado de la satisfacción de las necesidades vitales, emergen otras que dan soporte a un adecuado equilibrio emocional conformando una personalidad madura. Una de las necesidades fundamentales e imprescindibles para asentar una buena estructura de personalidad, es haber podido desarrollar un suficiente nivel de autoestima. Sin ella, se tendrán importantes dificultades para las relaciones interpersonales y, en suma, en el desarrollo de una red social que de soporte y satisfacción a su existencia. Es precisamente esa valoración propia de la autoestima, una de las capacidades más conculcadas en quienes soportan la violencia y la dominación sistemática en el patológico vínculo que se asienta la violencia de género

Dos son las figuras que interaccionan en el ámbito de población que intervienen en el marco conceptual de la violencia de género o de la pareja, al que se dirige el presente trabajo. De una parte, los autores de tales comportamientos violentos, con sus reiteradas vejaciones, a menudo mantienen una compulsiva repetición como forma inmadura de sostener su anómala autoestima. Esa distorsión puede, como todo lo psicógeno, haber sobrevenido por diversos mecanismos tales como el haber sido objeto de carencias que impidieron un normal desarrollo de su propia valoración y de pretender la ajena. Es fácil rastrear la presencia de conductas que son expresión de caracteres con rasgos destacados de falta de control impulsivo y conductas violentas en el ambiente en el que se han crecido, generándose así un continuum de acciones y reacciones en las que se perpetúan las agresiones de una generación a otra como rasgo de algunas genealogías. En otros agresores se pueden observar procesos de identificación, que dan firmeza al aserto: que la violencia recibida es la principal fuerte de su ulterior manifestación. Y, más concretamente en el tema que nos ocupa se produce un amplio contingente de conductas agresivas dirigidas a la pareja en el seno de una relación en la que, cosificada y desprovista de su individualidad, queda relegada a la tiranía del sostenimiento de los mecanismos defensivos que se enmascara por estas vías alambicadas: compensaciones de debilidades; hostilidad por el daño recibido y descarga fácil hacia quien se considera objeto de propiedad o identificaciones patológicas. En comunidades sociales amplias se abrazan fundamentalismos culturales que tienden a sostener hegemonías colectivas del varón dominante. En todos los casos el menor atisbo de falta de sometimiento – o huida- ante agresor tratará de ser impedido, aunque ello conlleve el castigo social y, en ocasiones, la propia muerte. Tal es el caso de quienes se entregan a su detención o se suicidan cuando ya no es posible la rebeldía de la persona sometida, porque la han eliminado.

En el otro lado de esa interacción: la víctima de una agresión sistemática, a través de su prolongación en el tiempo se va instalando en lo que en Psicología se conoce como una “indefensión aprendida”. Su modelo experimental lo ha desarrollado el Psicólogo estadounidense Martin E.P. Seligman, explicando el grado de inhibición y pérdida de capacidad de respuesta que pueden alcanzar quienes son sometidos a estímulos punitivos sin posibilidad de escape (huida) o evitación (anticipación), cristalizando en clínicas depresivas, como principal efecto psicopatológico. En este paradigma, la agresión física y la connotación psicológica que conlleva, puede sobrevenir en cualquier momento, sin ser prevista, y cuando ocurre, difícilmente se puede escapar. La posterior ausencia de capacidad para poner freno a futuras agresiones desde la vivencia arraigada de tal inhibición de respuestas, perpetuará la situación y generará el “esquema” de su inevitabilidad. A menudo se pueden poner de manifiesto distorsiones cognitivas tales como: no ser merecedora de una vida diferente o su aceptación desde la óptica de supremos valores religiosos (cuidado de hijos; fatalismo de género; cuando no, de merecimiento de castigos que emanan de pretéritos sentimientos de culpa por acciones reales o fantaseadas, pero siempre anómalamente sobredimensionadas etc.). También aquí la contingencia de identificaciones desde edades muy tempranas puede condicionar un modelo de conducta en base a la presencia de modelos de figuras significativas. En suma, toda una larga serie de hechos biográficos y actuales que configuran diferentes vías de acceso a la consolidación de un estado. En la base de dicho estado efectos psicológicos de predisposición y mantenimiento, en los casos en los que imponderables externos no pueden ser objetivados. Frecuentemente se observan conductas de retracción social, carencia de iniciativas laborales o lúdicas, aun cuando el riesgo de futuros encuentros con el agresor sea improbable.

¿Cuál es el perfil psicológico más frecuente de las mujeres que han sido objeto de violencia de género? Frecuentemente se formula esa cuestión desde el omnipresente afán por estandarizar y así poder aplicar protocolos de actuación terapéutica. Esta inercia, responde a un modelo médico que se orienta por un diagnóstico al que corresponderá un tratamiento determinado. Sin responder a patrones exactos – porque no los hay-, entre los diferentes perfiles de personalidad, es frecuente constatar la siguiente triada de manifestaciones. Primera, el establecimiento de un miedo difuso y generalizado, real o imaginado, a que en el momento más inesperado pueda sobrevenir el encuentro o ataque de su agresor. Segunda, el desarrollo consiguiente de una conducta agorafóbica, que circunscribe la vida de la víctima a un repertorio muy limitado fuera del ámbito de lo que considera su seguridad: evitando salidas, alejamiento del hogar o de figuras connotadas de capacidad de protección. Y en tercer lugar, la más devastadora bajo el punto de vista de la personalidad afectada, una merma elevada de la autoestima y por tanto, de las capacidades de respuesta en general y de defensa en particular. De ello se derivan: limitaciones para solicitar ayuda, toma de decisiones de separación, de establecer nuevos vínculos o de integrarse en una red social.

¿Por qué hemos elaborado estas cuestiones previas en nuestro objetivo de proponer una vía de ayuda para las mujeres objeto de violencia de género? Porque es frente a las peores derivas del ser humano victimizado, hacia donde deseamos llevar nuestra actividad reparadora y terapéutica.

No es demagogia ni seguidismo progresista, que en el marco de referencia de una relación de pareja, se evidencia de forma mucho más frecuente, que la mujer sea la víctima y su agresor un hombre. Sucede que el “homo sapiens” se configuró, y así podemos rastrearlo en las formas más puras de culturas menos evolucionadas, bajo definidos roles jerárquicos. La anciana de la tribu no fue nunca un referente, como no lo fue la sistemática de cuidados de la prole por el varón. Por el contrario, fueron asignados a los varones roles de chamanes, sacerdotes, guardianes y guerreros. En tal orden es fácil inferir quien tiene mayor riesgo de ser objeto de un abuso de poder y víctima de una conducta represiva. El advenimiento de las religiones que conocemos no parece haber contrapesado esa discriminación en el equilibrio de ambos géneros. Todas sin excepción han contribuido a la supremacía del varón reflejándose en sus normas y en sus valoraciones.

Cabrían iniciativas orientadas a la ayuda de otros grupos de riesgo: hijos, ancianos escolares…. etc. Pero este proyecto emergió de forma original en el ámbito social de una gran sensibilidad y preocupación por el incesante número de casos que las propias víctimas han alertado y han sido capaces de hacerlo visualizar. En estos momentos, explicitémoslo de forma clara, el proyecto ESCAN se dirige hacia mujeres que han “sobre-vivido” a conductas violentas de un varón (sobre el que ha recaído una sentencia condenatoria) con el que se relacionaban sentimentalmente y que por sus efectos están necesitadas de una especial ayuda. Esta necesidad es mayor en el caso de incumplimientos de órdenes de alejamiento o inminencias de puesta en libertad si estaban cumpliendo prisión.

Con estas consideraciones hemos pretendido ofrecer algunas argumentaciones, a la evidencia de un saldo mucho más negativo para la mujer que para el varón, al ser las principales víctimas de un impulso violento, al menos en el plano físico. Por ello enfatizamos la figura de la mujer victimizada, aunque en muy contadas ocasiones los roles se inviertan, en cuyo caso, por qué no, también serían objeto de nuestra atención en el Programa. Somos defensores de leyes igualitarias y no discriminadoras de soportes rehabilitadores. Con esa salvedad nos referiremos en términos femeninos.

Clásicamente se diferencian dos planos del daño sobre la víctima de un acto violento que no conduce al fallecimiento: las lesiones físicas y las psicológicas. Nuestra cultura, se impacta más por una por un hematoma que por un efecto emocional, quizás porque este último es más difícil de objetivar. Véanse las frecuentes y tipificadas indemnizaciones por las secuelas físicas en un accidentado de tráfico o laboral y la imprecisión para estandarizar y cuantificar la reparación por afectaciones psicológicas. La Medicina, las Ciencias Forenses y las del Derecho, focalizan su atención a los físicos, al daño corporal. Lo mental, es un añadido reciente y poco sistematizado. Sin embargo, a nivel terapéutico, salvo en las lesiones irreversibles, su terapéutica y su rehabilitación, suele ser más fácil a nivel físico que psicológico. Una contusión tiene días o semanas de evolución hasta no dejar huella; el daño emocional que la acompaña puede durar toda una vida. Profesionalmente hemos observado las consecuencias de una bofetada recibida en la infancia cuyo enrojecimiento dérmico duró minutos, pero que conllevó unos efectos de resentimiento, vergüenza o de impotencia que determinaron muchos aspectos de una vida ulterior.

El Proyecto ESCAN tiene por objetivo, ya lo hemos enunciado: la rehabilitación de la mujer que sufre los efectos de violencia de género, agravada por el temor de volver a serlo por su agresor. Este miedo se suele sustentar en hechos objetivos de peligro en los casos de transgresión de órdenes de alejamiento, de próximas puestas en libertad o de amenazas reiteradas; pero también, sobre un temor generalizado que no se corresponde con la realidad, siendo fruto de las secuelas del padecimiento psicológico que les comportó. Es, por tanto, un programa terapéutico focalizado hacia supresión de las manifestaciones depresivo-ansiosas y a la recuperación de la autoestima, o al desarrollo de capacidades de afrontamiento ante peligros. Tiene también una función rehabilitadora en la vertiente social, facilitando la normalización de relaciones interpersonales y el desarrollo de sus potencialidades socio-laborales. Bien podría definirse su objetivo: en el logro de una mejoría psicológica desde la reestructuración de su personalidad es sus aspectos más afectados, para alcanzar una rehabilitación social. Y para ello será un elemento de apoyo asertivo, vinculación afectiva y dinamizador de conductas: un perro. El Proyecto SCAN comprende dos tipos de actuaciones que al final confluyen potenciándose para desarrollar una vida más normalizada y satisfactoria.

¿De qué medios y procedimientos se sirve? Hemos adelantado que son dos las actividades orientadas a converger y sumarse:

1.- La asistencia por un profesional de la Psicología con formación y experiencia en el campo de la PSICOTERAPIA. Este tratamiento requiere sesiones periódicas que irán adaptando su frecuencia a la evolución del proceso. Por término medio empezarían por ser semanales, espaciándose hasta un total de 30 a 60 sesiones durante un año. Es por tanto, una psicoterapia focalizada e intensiva orientada a núcleo traumático, a sus orígenes y repercusiones. Es frecuente en cualquier proceso terapéutico, abordar aspectos colaterales presentes incluso desde antes de su primer contacto con el “agresor identificado”; así como la modificación de las conductas posteriores más desadaptadas. Desde este enfoque se requiere una formación bastante flexible entre las diferentes tendencias en el campo de las psicoterapias. No es estrictamente necesario que dicha profesional sea una mujer, pero por razones técnicas y que sobrepasan el objetivo de esta publicación, el género femenino, en principio contaría con menos resistencias y más facilidad de una sintonía inicial. En casos determinados se podrá contar con algún psicofármaco de apoyo para procurar un alivio sintomático, desde la colaboración con su facultativo; pero su objetivo será su más rápida supresión, dado que no existe un solo psicofármaco que sea capaz, por sí mismo de resolver un conflicto emocional o modificar una conducta, si no es posibilitando un proceso psicoterapéutico.

2.- El empleo de animales en procesos rehabilitadores ha sido ampliamente utilizado, desde la hipología en niños autistas a delfines, lobos marinos y perros en diversos tipos de discapacidades. Aquí en este Proyecto se utiliza el apoyo de un PERRO (de ahí el nombre del Proyecto) que será especialmente seleccionado en raza, tamaño, conducta y preferencias de su futura dueña. En principio este elemento del programa reposaba más en sus aspectos defensivos, al estar adiestrado para repeler una posible agresión a las órdenes de la mujer. La elección de este animal de compañía reside en sus conocidas capacidades de docilidad, fidelidad y en la facilidad para el establecimiento de un vínculo afectivo; todos ellos aspectos muy deteriorados y necesarios de recuperación. Por su parte los perros seleccionados han sido recogidos y adiestrados desde el abandono, con lo que el beneficio es mutuo en la relación que se producirá. La función defensiva inicial con las suficientes medidas de seguridad, ha ido dando paso a un mayor protagonismo de los aspectos “emocionales de interrelación”, que son los que sobradamente conocen quienes optan por incluir estos animales en sus vidas. El perro desde un propósito terapéutico se convierte en un apoyo emocional, movilizador de conductas, figura de interrelación y gratificador del logro de superación de temores. Podríamos decir desde su especial capacidad de interacción con su nueva dueña, que se convierte en un “objeto intermediario”, y sin saberlo, un aliado coterapeuta, aunque solo sea por tener que ser atendido en sus salidas, esparcimiento y cuidados.

Es también de forma colateral un elemento movilizador de aspectos positivos en un sistema familiar de hijos y otros miembros en el que el perro se integrará en el caso de determinadas familias. Aunque hemos centrado la atención en la mujer víctima, los efectos se extienden también a los hijos ante la desestructuración familiar por el tiempo en el que estas acciones se han venido produciendo. En términos “sistémicos” cualquier intervención en un elemento en la dinámica familiar, modificará el conjunto y, en este caso, la inclusión de uno “nuevo miembro” igualmente generará cambios. Los lazos afectivos que se establezcan, los cuidados necesarios, los aspectos más lúdicos y el mero desplazamiento de la atención que dará lugar, propiciarán un mejor clima doméstico, como hemos podido comprobar. Así pues, los hijos sin ser objeto directo de la terapia, se beneficiarán de esta parte de la intervención que desarrolla el proyecto.

Un Adiestrador canino especializado y buen conocedor de los objetivos que se pretenden, selecciona en principio el animal. Sobre él recae la preparación, el entrenamiento y el logro de una exitosa vinculación con su futura dueña. Tendrá que iniciarla, con progresivos acercamientos y aprendizajes, en el correcto manejo de su conducta. Todo un laborioso programa interactivo para los que se requieren conocimientos y sensibilidad.

Psicóloga y Adiestrador serán cómplices colaboradores en el logro del objetivo a alcanzar y llevaran actividades necesariamente coordinadas sobre la base de una estrecha comunicación profesional. No era un propósito esta dualidad de género, pero sobrevenida, puede convertirse en una doble referencia restauradora.

Remisores: Preferentemente se ha optado por casos que vengan dirigidos por Entidades Públicas, Fundaciones u Organismos que realicen su actividad interviniendo sobre casos de mujeres víctimas de violencia de género, tales como el Instituto Andaluz de la Mujer IAM, las Unidades de violencia de Género, Servicios Sociales Comunitarios y aquellos casos que accedan por propia iniciativa

Procedimiento de Selección: como en todo proyecto dirigido a un objetivo, el logro de éste, depende en buena medida de un adecuado proceso de selección. En la base de esta idoneidad se requieren la valoración positiva por parte de la Psicóloga, que evaluará capacidades yoicas que sirvan de núcleo para sostener y dimensionar el proceso de recuperación. Es decir, suficientemente afectada para requerir la psicoterapia, pero suficientemente capaz de llevarla a cabo por la conservación de aspectos sanos de su personalidad. Quedarían excluidas patologías mentales graves o previas, que obstaculicen los objetivos de rehabilitación personal y sociolaborales. Por parte del adiestrador, se requerirá la capacidad del adecuado manejo y cuidado del perro que se les entregará

Se excluirán grandes hándicaps sociales, entendiendo que importantes déficits en este sentido como: vivienda, mínimos recursos económicos y, en general, incapacidades de autonomía, serían más objeto de atención por parte de los Servicios Sociales. La carencia en esas necesidades tan básicas impediría el ir llevando a cabo el programa establecido.

Financiación y costes. El proceso será gratuito en el proceso psicoterápico. En estudio, una mínima aportación económica o la asunción de los gastos de desplazamiento por parte de la persona incluida en el programa, con objeto de dinamizar la motivación y valorar el procedimiento terapéutico que emprende. Igualmente serán gratuitas las clases de adiestramiento con el monitor, el animal y sus necesidades. Esta financiación se obtendrá de diversas entidades públicas y privadas.

Antonio Higueras Aranda. Médico Psiquiatra. Exprofesor Titular de la Universidad de Granada

Carola Higueras Esteban. Psicóloga especialista en Psicoterapia