A veces me pregunto si es primero la gallina o el huevo. Me entra la duda cartesiana de no saber si primero vino la pena y después la pena se somatizó en mis costillas, o mis costillas y sus aguijones hicieron que la pena se transformarse en algo que está a punto de ser patológico. Pienso en el significado de las palabras endógeno y exógeno, y encuentro sus concomitancias y sus siete diferencias: no es lo mismo no poder pagar un alquiler, darles a tus hijos leche rebajada con agua, que sentir la carencia en el cerebro de una sustancia que, por ejemplo, nos ayude a atenuar cotidianamente el sentimiento trágico de la vida. Pienso que tengo derecho a ciertas enfermedades. Me las he ganado a pulso. Porque el mundo es casi siempre una mierda y cuesta un esfuerzo hercúleo tirar del carro.

Incurro en la ingenuidad de creer que puedo elegir ideológicamente el origen de mi dolor. Si es un dolor del cuerpo o un dolor del alma o una típica interacción entre lo uno y lo otro que está condicionada desde un punto de vista socioeconómico por la presión de la crisis. Así de claro. Creo que puedo elegir ideológicamente el origen de mi dolor y sopeso los pros y los contras en una balanza que tiene como fiel el capitalismo. Si mi dolor es físico, en el platillo de mi balanza están: las industrias farmacéuticas, la posibilidad de un seguro médico privado ante la lentitud de lo público, sesiones de fisioterapia, aparatos ortopédicos, analgésicos, el lujo de una cesta de la compra concebida para el régimen lipídico y la vida sana. Si mi dolor es del alma, sobre el platillo de la balanza se depositan: la minuta del psicólogo, las pastillas que te receta el psiquiatra, la aromaterapia, el yoga, el rooibos y las hierbas para dormir, el equipo de running de Decathlon, el darse caprichos, un viaje caro, quizá un crucero… Sopeso los platillos de mi balanza y me doy cuenta de que estoy ideológicamente muy perdida.